domingo 16 de diciembre de 2007

365 RAZONES

365 razones para escribir.

365 palabras para describir un año.

365 días para contemplar la vida y sorprenderme tantas veces como horas tiene la madrugada.

Uno, dos, tres días.

Cuatro, cinco, seis meses.

Invierno, flores, calor, hojas secas y de nuevo luces que anuncian otras 365 razones.

Viajes, proyectos, decepciones, alegrías.

Empezó el año melancólico: escribía sobre la nieve que caía al otro lado de valle, recordaba un viaje a Ibiza, me fui de cañas y casi probé pimientos verdes fritos.

Organicé en febrero un concurso de cartas de amor y lo gané, ¡qué vergüenza, cuántas acusaciones nada encubiertas! Así que me fui al Sur para no tener morriña y fui feliz, tanto como siempre que regreso.

La primavera hizo que una habitación oscura se pintara del color de una inesperada y dulce tristeza, pero viajé a Dublín para cumplir años y recuperarme, después a la Toscana, rodeada de manos hermosas.

No me di cuenta, ¡qué pena! Ya era verano y otra vez el sur, envuelto con viento de Poniente, familia, noches largas y voces cercanas de los que siempre estuvieron conmigo.

Tuve la sensación de que iba a cambiar de rumbo, que la vida me traería sorpresas en otoño, pero mis versos decían que yo seguía balanceándome en la patita de un satélite, como me recordaba mi amigo Samuel Fontana.

Ahí sigo, casi en invierno, sin proyectos para el próximo año, sin contar bien los días, sólo deseando verle la carita a un nuevo principito que nacerá muy pronto.

Sola muy pocas veces, bien acompañada siempre, con mi gente y los versos que hablan de mi voz y tu silencio; con un tiempo que se acaba y te deja apenas un rato para rebuscar en todo lo que somos y tomar conciencia de que no siempre depende de nosotros el camino elegido; la vida a veces nos envuelve en una bruma repentina que no te deja adivinar si habrá nieve, viento o nada al otro lado del valle.

Por eso tengo 365 motivos para vivir.

Ojala que vuestras razones, las nuestras, sean siempre por una buena causa.

Sonia Aldama Muñoz

sábado 15 de diciembre de 2007

PURRANKI

Rállof es follar

A bordo del Nuestra Señora de Getxu se celebra cada día una misa, y al caer la tarde se reza la novena.

No faltan los marineros que superponen el sacrificio autoimpuesto del Ramadán con el del hambre interminable que el mar nos impone. La pena nos consume, el mal olor es insoportable. Parece que los únicos seres verdaderamente felices a bordo son los tábanos.

En mitad de la noche, cuando no puedo dormir por culpa de los malditos tábanos siempre escucho murmurar oraciones. Normalmente a los mismos, y por los mismos motivos. El miedo a morir, la congoja, la desesperación. Si encuentran consuelo debe ser bien efímero porque son los mismos que noche tras noche repiten insistentemente sus plegarias. No sé qué oración se puede dirigir a un dios que nos trata a todas luces como si fuéramos la más despreciable de sus criaturas. Si existe un dios piadoso y misericordioso al que rezar sin duda desconocemos su nombre y cómo ponernos en contacto con él. De otro modo, este castigo inútil no podría durar.

Sin embargo, cada noche vuelven las plegarias. Más allá de la lógica, más allá de la estupidez evidente. No hay misterio alguno en ello. Es sabido que el secreto mejor guardado de la religión es que no esconde misterio alguno, sino sólo miseria. Y de eso andamos sobrados.

Texto de: Purranki Sandongui.
http://bleturge.librodenotas.com/

viernes 7 de diciembre de 2007

Cuando mis dedos no te alcancen

escribiré tu nombre sobre mi piel,

desde la primera sílaba

me recorrerás entera

hasta la última consonante.

Sólo entonces, todas tus letras

pronunciarán mi nombre.

lunes 3 de diciembre de 2007

17 HORAS DE DICIEMBRE


Por fin, esta convocatoria fue un éxito, sólo faltó la homenajeada, Carmencita, y digo homenajeada porque esta crónica es para ella, por supuesto.
Llegué a Callao a las dos en punto, miré a mi alrededor, busqué al Pedri, un chico muy puntual, excesivamente puntual, que suele llegar antes de tiempo, pero no había nadie por allí, así que observé el ambiente navideño que ya era más que incipiente y me fui a nuestro bar, si, hombre, el que está justo cruzando la calle, al lado de una cafetería muy mona, el bar en el que el camarero ya te está poniendo la cerveza antes de que la pidas, por cierto, no sé como se llama (ni el bar ni el camarero).
Monix, Madison y Zalo fueron los más madrugadores y ya estaban con las cañitas apoyados en la barra con caritas de felicidad, pedí una cerve y le tiré la mitad a Mada en el abrigo, aunque Zalo colaboró dándome en el brazo, pagaremos el tinte entre los dos, veeeeeeenga. Estaban todos muy guapos pero Madison brillaba con luz propia, bueno, con la luz de un bichito que llevaba colgado al cuello, en verdad que me iba a meter con la sateluca un rato, pero estaba muy bella (como díria Gabi).
Después de beber y tirar las cañas, nos fuimos a la boca del metro y allí estaban Nidito, Irene, Inma y Pedri, ¡cuánta puntualidad, no dábamos crédito! A los cinco minutos apareció Gabi con cara de “llego tarde” subiendo las escaleras del metro, y justo detrás de ellos Silvi y Dani, que no sé si no le habían visto, o le estaban despistando, umm, esto lo tendrán que contar ellos en otra crónica.
Ya estábamos los once, el equipo de fútbol al completo, así que nos fuimos dando un paseo por la Gran Vía hasta San Bernardo y allí, en una esquinita estaba nuestro restaurante: Luna Rossa. El sitio era muy acogedor, casi casi romántico, nuestra mesa, frente a la puerta, nos estaba esperando con algunas velitas que encendimos y apagamos varias veces durante la comida. Me senté en medio para tenerlos a todos bien localizados.
Dani presidía la mesa, parecía el patriarca gitano con su camisa de El Corte Inglés (de hace tres años, aunque yo pensaba que era del 98 y creo que me la tiene guardada por comentarlo en voz alta) y su pelo engominado. ¡Y mira que le dije que no se engominara! Pero claro, sus otras chicas se lo pidieron, así que tengo que rendirme, tres mujeres tiran más que una (Carmencita, te preguntarás quien eran las otras tres, pues joder, quiénes iban a ser la Irene, la Mada y la Moni)
A la izquierda de Dani: Gonzalito, que sí me hizo caso y no llevaba corbata, se había puesto una camiseta negra con el cuello levantado y estaba así más de sport, como me gusta. Al lado, Silvi, de naranja, muy guapa, como siempre, relajada, improvisando menú (o menule), original, se pidió unos filetitos empanados de toda la vida, y luego, para rememorar nuestro viaje a la Toscana, un chupitini de Grappa, para hacer bien la digestión y estar borracha el resto de la tarde, pero me mojé los labios con unas gotitas de grappa que dejó en el vaso y me sentaron bastante bien.
La siguiente era Inma, que también iba de naranja y sonreía feliz, con cara de mamá liberada que va a pasar un rato con los colegas. ¡Me encantó que viniera, que le apeteciera vernos, me sentí bien dándome cuenta de que echo de menos a los que ya se han ido o a los capullitos que están de baja, así que espero que hagamos otra comida para después de reyes y así celebramos que ya habrá venido mi sobrino Noel J
Y por fin llegamos a Nidito, con su coleta y sus gafas, y una camiseta de rayas marcando bracitos, haciéndole la competencia a Gabi.
Le dije:
- umm, Nidito, vienes marcando bracitos, y él, en vez de contestar en plan Sofía de las historias del satélite, es decir:
- umm, Soni, es que sabía que te iba a poner verme así,,,
Pues no, Nidito me pegó una cacho de charla impresionante sobre la problemática del hombre moderno en el siglo XXI y la escasez de ropa bonita y elegante que se puede comprar si no eres un famélico chaval de 13 años.
De todas formas, me fascinó escucharle, como siempre.
Irene se quedó al lado de Nidito, en la esquina, observando, supongo que nos veía como a los protagonistas de un comic futurista, vestidos con ropas extrañas, con poderes sobrenaturales y escamas o pieles verdes. Pero ella lo tendrá que contar también en otra crónica, espero.
Y ya por el otro lado de la mesa estábamos: Madita y su gatita, la Monix y su risita y yo misma. El camarero pasó varias veces, como es natural, para poner el agua, el lambrusco y la jarra de cerveza. Monix, que tenía el día observador también, descubrió que en una de esas pasadas, el muchacho me miraba el escote, luego no sé que me dijo y empezamos a reírnos como las locas, tuvimos otro de esos momentos cuando nos fuimos a un café chulo que nos descubrió Gabi, yo la miré y sólo le dije: de ja vie, de ja vie.. y fue mejor que si hubiera dicho: bitelchús, bitelchús, pero que lo cuente ella también.
El Pedri se sentó a mi vera y me trajo un cd de Andrés Calamaro que estoy escuchando ahora. Venía de negro pero tenía muy buena cara, espero, por nuestro bien, que regrese pronto al satélite y se deje de rollos, echamos de menos su buen carácter, ni un gruñido, ni una mala cara, de verdad, vuelve, Pedri, estoy harta de ser la más borde desde que tú no estás.J
Gabrielito, mi bracitos, miraba a Silvi de reojo y yo me inventaba que pensaba: esta hembra podía haber sido mía, tal vez deba intentarlo otra vez, pero no sé, voy a esperar dos o tres años, tranquilito, despacito, siempre tendré la técnica del gancho a mi favor.
En un momento de descuido del Pedri, Bracitos se sentó a mi lado y me contó algunas cositas interesantes sobre las mujeres, pero insisto: que lo cuente él.
Nos dieron las cinco y Nidito nos llevó a una tienda de cómic, le hacía ilusión que entráramos todos. Después, Inma e Irene se despidieron, besos, abrazos y a tomar un café a un lugar que me encantó, el que nos descubrió Gabi: nos fuimos a la parte de abajo, a unos sofalitos y ahí estuvimos hasta por lo menos las 7 o las 8, ya ni me acuerdo. Algunos satelucos abandonaron el barco, Madison, Zalo y Silvi se marcharon pero los demás seguíamos con los cubatas y ya, reconozco que a partir de ahí soy incapaz de recordar las conversaciones, estaba medio borracha y sin ganas de irme a casa.
Cuando salimos del local, era noche cerrada, claro; Gabi se marchó dejándonos a Moni y a mí con Nidito, Dani y el Pedri. Nos fuimos a ver a unos amigos de Monix y otra vez a comer, bueno, a cenar. Nos metimos en una tasca típica madrileña y nos tomamos más cañitas con las amigas de Moni: Celia y, jo, ahora no me acuerdo del nombre de la otra chica, luego vino el novio de Celia y pedimos croquetas y tortilla de patata. El único sobrio era Nidito y casi a las once, desaparecimos en un taxi, los cuatro, porque el Pedri nos había abandonado minutos antes.
Casi casi teletransportados, aparecimos en el parking del Carrefour de Aluche, con un poco de dificultad saqué mi coche de allí, aparqué frente al Pepe´s bar y saludamos a Vane, mi hermanita. Ella, cariñosa por naturaleza besó a Nidito y a Moni con amor y le dijo a Dani: no sé si darte dos besos o meterte dos hostias, pero esa es otra historia y que la cuenten ellos.
Carmencita, esta crónica se está alargando demasiado, pero es que el día parecía que jamás se iba a terminar, aunque no nos importaba mucho a los supervivientes, que no teníamos ni mala cara: un poquito más de colonia, un brillito de labios, y a seguir. Aunque Nidito nos abandonó también, pero casi eran las dos de la mañana, así que bien por él, fue uno de los de la resistencia, no podemos criticarle.
Moni, Dani y yo esperamos a que cerraran el pub y nos fuimos con Vane a otro garito, la Moni, una de las ganadoras de la noche, aguantó hasta más de las 5, y Dani, al que casi adoptamos Vane y yo, se quedó hasta las 7, pero ahí estábamos en mi coche, Vane, él y yo, aparcados, con la calefacción puesta, y ellos hablando, yo tirada sobre el volante, mientras, los dos arreglaban el mundo y se hacían amigos ( por supuesto aprovecharon la ocasión para meterse conmigo mientras tanto)
Así fue como celebré la navidad con los satelucos, 17 horas de juerga, creo que he demostrado mi amor por esta especie de locos en peligro de extinción.
Siento que la crónica no haya sido muy literaria, Carmencita, pero aún tengo resaca.
Os quiere,
La Soni
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