Dos, tres veces se relamió.
Sujetaba el caramelo entre sus pequeños dedos y lo dejaba caer en las manos de Shuchi, que lo chupaba despacio y lo devolvía con sus labios a la boca de Hugo.
Dos, tres años, cinco sumaban los niños. Ella tenía la piel color oro, él café manchado, y debajo del portalón de la plaza, sentados en el suelo, sostenían el caramelo compartido, rojo como la sangre.
Una tarde que rozaba la primavera, Hugo bajó a la plaza de la mano de su madre, llevaba puesto un pantalón rojo y una camiseta naranja, tenía las manos pringosas de azúcar y los ojos muy abiertos mientras se acercaba al tobogán, Shuchi le esperaba en lo alto, vestida con un peto fucsia, dispuesta a descender lentamente para que él pudiera observarla y admirar cómo se deslizaba; Hugo llegaba a las escaleras cuando ella repetía la acción: otra vez arriba, sentada, agarrándose a la barandilla, quieta, esperando que Hugo subiera para que los dos bajaran hasta llegar al suelo, y resbalar juntos.
A Shuchi le gustaba decirle a Hugo lo que tenía que hacer, - vamos – le decía – vente, ahora, aquí, no, ahora, corre, al columpio. Él despistado miraba hacia el kiosco, pero cuando ella se aburría de esperar, la buscaba y reñían para reír a carcajadas unos segundos después.
Cuando Hugo llegaba a casa, le contaba a su abuela lo que había pasado en el parque, pero inventaba las palabras, hablaba en chino, en uno que no existía, movía las manos divertido y giraba sobre su cuerpo una y otra vez, intentando que la abuela comprendiera que a Shuchi le gustaba mandar, y a él, desobedecer.


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