Luz Luz
Nieve
Alegría
Villancico
¤¤¤¤¤
Billete de regreso
Abrazos de manjares
Canción ebria de esperanza
Sonrisa de cristales empañados
¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤
Niño sin futuro, adultos sin juguetes
Rostro sin sombra y lágrimas sin dueños
Panderetas vetustas e ilusiones caducadas
¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤¤
Tristeza vagando por fríos y solitarios callejones Labio agrietado por la ausencia de dulce beso de mazapán Doce campanadas, las mismas promesas incumplidas del año
§§§§§§
AREV. VERÓNICA FERNÁNDEZ REGES. SEGUNDO PREMIO COMPARTIDO
Noche de Reyes
Por fin llegó el cinco de enero, noche de Reyes. Al regresar a casa, ateridos de frío pero encendidos de la emoción, cenamos pronto y nos fuimos a la cama. Poco antes de acostarnos, ya habíamos dispuesto todo lo que el ritual de esa mágica noche obligaba: un cubo de agua para calmar la sed de los camellos, un plato con comida y tres vasos con bebida para Sus Majestades, y todos los zapatos en el balcón. También dejamos, aunque no viniera en ningún sitio, un hueco lo suficientemente espacioso bajo el árbol para que colocaran bien los regalos, y dejamos una ventana entreabierta en el salón para que pudieran entrar sin demasiados problemas. Todo estaba dispuesto para la gran noche, y poco a poco fuimos cerrando los ojos hasta caer en los brazos de Morfeo.
En el silencio de la noche, un ruido me despertó. Pude advertir entonces algo de movimiento en el salón contiguo a mi dormitorio, así que, quebrantando todas las normas, me levanté muy despacio y me acerqué a la puerta. Con sigilo, la abrí lentamente y con mucho cuidado para no ser descubierto y, cual fue mi sorpresa, vi que los Reyes Magos estaban en mi salón, agachados, colocando los regalos.
Conmocionado, me volví corriendo a la cama y me acosté, prometiéndome que no lo haría nunca más, ya que era consciente de que si me veían desaparecerían y no nos dejarían ningún regalo. Pude arriesgarme, pero no quería defraudar a Baltasar, mi Rey favorito, que casualmente llevaba una capa celeste igual que la bata de mi madre.
MANUEL FREIRE. SEGUNDO PREMIO COMPARTIDO.
ANTES DE NAVIDAD
El tipo gordo y barbudo apareció por el hueco de la chimenea. Tenía mucha práctica en ello.
Tras ponerse en pie miró a ambos lados en la oscuridad, intentando orientarse. Buscaba el árbol. Sabía que su objetivo se encontraba allí.
Avanzó lentamente, de puntillas, con la mano pegada a la pared, hacia una tupida sombra que había visto a su izquierda. Allí estaba.
El árbol.
Y la puerta del almacén.
El tipo gordo y barbudo, de traje rojo y blanco, volvió rápida pero silenciosamente hacia la chimenea y silbó con suavidad. Sin esperar, regresó hacia el árbol que se veía a través de la ventana, un enorme roble de Persia, que marcaba la parte del palacio en la que se encontraba el almacén.
La puerta estaba abierta. El tipo gordo sonrió. Claro, nadie se esperaba una cosa así. Y ellos, menos.
Entró con sigilo, y tras él un montón de elfos que habían bajado por la chimenea, acudiendo a su silbido de llamada. Les había indicado que el camino estaba libre. Ahora, tenían que trabajar con rapidez. El tipo gordo sacó una linterna, la encendió con cuidado y movió el brazo para echar un vistazo al interior del almacén. Cuando la luz desveló una parte del contenido, se le iluminó el rostro con una sonrisa un tanto mezquina.
Juguetes. Regalos. Cientos, miles, cientos de miles, millones. ¡Aquello era el paraíso! Sus problemas se habían terminado. Se quitó de la espalda el saco vacío que llevaba, y ordenó a los asustados elfos que hicieran lo mismo.
—Y ahora —les dijo— ¡A llenar bien los sacos! ¡No dejéis nada!
En apenas unas horas, hicieron viajes suficientes a través de la chimenea como para dejar el almacén vacío. Nadie les molestó; era de madrugada, todos dormían en el palacio, y desde luego ninguno se esperaba un golpe así.
El tipo gordo fue el último en salir por la chimenea. En el tejado, sin hacer ningún ruido gracias a la magia de la que les había imbuido, se encontraban el trineo y los renos, que sudaban como locos porque, aunque solían visitar buena parte del mundo una vez al año, rara vez permanecían mucho tiempo parados en un lugar cálido. Y el actual Irán lo era mucho.
El trineo estaba a rebosar, y sólo gracias a la magia cabían todos los regalos del almacén. El tipo gordo miró su reloj; aún no eran las cinco de la madrugada. Día 23 de diciembre. El plan había salido a la perfección: les quedaban casi dos días para organizar todos los objetos y envolverlos como si fueran suyos. Se montó en el pescante del trineo e hizo un gesto a los elfos para que se subieran.
—¡A casa! —gritó, mientras espoleaba a los renos con las riendas— ¡Al Polo Norte!
En el palacio, a la mañana siguiente, los pajes dieron la voz de alarma.
—¡Majestades, majestades! —gritaba nerviosamente uno de ellos mientras corría hacia los aposentos reales.
—¿Qué ocurre, muchacho? —preguntó con aplomo un hombre delgado de pelo y barba blancos y aspecto regio que salía de una de las tres puertas — ¿A qué viene tanto alboroto?
—¡Los regalos, señor! ¡Los regalos!
—¿Qué pasa con los regalos, hijo?
El paje, agitadísimo, respondió:
—¡Los han robado, mi señor Melchor! ¡¡Los han robado!!
Melchor se quedó serio. Nunca jamás había ocurrido algo así. Eran muy queridos y respetados en buena parte del mundo, y el palacio estaba protegido por una magia muy poderosa. Su mente se puso a trabajar a toda velocidad.
—Llama a mis compañeros —ordenó al paje— y diles que bajen al almacén. Yo voy a inspeccionarlo ahora mismo.
Mientras el paje se acercaba a las otras dos puertas, él bajó rápidamente las escaleras. Efectivamente, el almacén estaba vacío. Lo recorrió de un extremo al otro, muy despacio, buscando cualquier indicio. No parecía haber nada: ni una pequeña parte que pudiera haberse caído de algún regalo, ni un objeto olvidado, ni algo dejado por descuido... Sin embargo... En una de las esquinas, Melchor se inclinó para observar mejor. Había una pequeña mancha, algo así como...
En ese momento, sus dos compañeros entraron rápidamente en el almacén.
—¡Santo Cielo! —exclamó uno de ellos, con pelo y barba castaño claro— ¡Era verdad! ¡Nos han robado!
—Es increíble —dijo el otro, afeitado y de piel oscura— ¿Quién ha podido hacer algo así?
Melchor señaló el suelo que tenía delante.
—Aquí hay una especie de pequeña huella de color verde. Es la única pista que he podido encontrar. Parece como de un enano o algo así.
—¿Quieres echarle tú un vistazo, Baltasar? —dijo el de pelo castaño al de piel oscura— A ti te gusta esto de las formas y los colores.
Baltasar sonrió y se inclinó sobre la huella.
—Por la forma parece que lleva un calzado grueso, impropio de estas latitudes. Además, el color verde tiene un tono como de musgo, que tampoco hay por aquí. Y sí, la escala es diminuta, como una especie de enano, o...
Se interrumpió, mirando a Melchor. Éste asintió.
—Sí, yo he pensado lo mismo.
El de pelo castaño les miraba sin comprender todavía.
—Un elfo, Gaspar —aclaró Melchor.
—¿Un elfo? —se sorprendió el otro —¿Estás insinuando que...?
—Yo no insinúo nada. Sigo una pista. Si ha sido cosa de quien yo creo, tenemos que seguir el pasillo que lleva a la chimenea.
Los tres se encaminaron por el pasillo en cuestión, y al llegar a la chimenea inspeccionaron el hueco con detenimiento. En la pared de enfrente, enganchado en la esquina de un ladrillo que sobresalía, vieron algo. Melchor lo cogió con cuidado y se le enseñó a sus compañeros. Era una cinta que había acompañado el envoltorio de uno de los regalos.
Se quedaron un momento en silencio, mirándose.
—Hoy en día sólo hay un especialista en entrar en las casas por el hueco de la chimenea —dijo Melchor.
—¡Será posible! —estalló Baltasar— ¡Ese advenedizo! ¡Llega el último, desplaza al pobre San Nicolás, y ahora nos roba los regalos a nosotros! ¡Es el colmo!
—Bien mirado, no podía ser nadie más —dijo pensativamente Gaspar— Sólo con magia se podía entrar en nuestro palacio; de hecho, sólo con magia es posible verlo. Y sólo él podía estar interesado en los regalos. Aunque aún no me explico por qué.
—Eso se lo vamos a preguntar a él en persona — afirmó Melchor con mucha decisión— Preparaos. Salimos inmediatamente.
Tras dar orden a los pajes de que aprestaran los camellos, corrieron a sus aposentos y se pusieron los mantos y las coronas sobre las túnicas.
—A mí me gustaba más nuestra antigua ropa —comentó Baltasar— Echo de menos los pantalones persas, la capa y el gorro frigio. Eran muy coloridos y elegantes. Esto que llevamos ahora es tan medieval e incómodo...
—Opino lo mismo —asintió Gaspar— Pero ya nadie nos reconocería vestidos como lo hacíamos antes. Tenemos que parecernos a su forma de representarnos.
—¿Estáis listos? —preguntó Melchor. Los otros dos asintieron— Pues vamos a tener unas palabritas con ese tipo.
En el patio del palacio se montaron sobre los camellos. Los pajes miraban con gran asombro; nunca habían visto salir a los Magos totalmente preparados sin que fuera la noche del 5 de enero. Pero tampoco nunca había tenido lugar un robo en el almacén de regalos.
Melchor miró al grupo de pajes con cariño. Habían sido elegidos de entre los muchos aspirantes que surgían a lo largo de los años, y siempre intentaban que el tiempo que pasaban en el palacio les fuera agradable. No era fácil ayudar a los Magos en sus tareas. Ahora tenía que pedirles algo todavía más difícil. Miró a Gaspar y Baltasar, y ambos asintieron.
—Queridos amigos —se dirigió Melchor a los pajes— Sabéis que ha ocurrido algo muy grave, algo nunca visto antes. Hemos sido robados, y vamos a pedir cuentas al responsable. Puede ser peligroso, pero necesitamos que tres de vosotros nos acompañen. Por eso queremos pedir voluntarios.
La figura de los Magos era impresionante. Los tres transmitían una autoridad y un aura de bondad que sobrecogían. Todos los pajes se ofrecieron. Los Magos, emocionados, eligieron a los más veteranos y expertos.
—Y ahora —tronó Melchor— ¡A por ese Santa Claus! ¡Al polo norte!
Mientras tanto, Santa no se imaginaba lo que se le venía encima. Consideraba a los Magos como una especie de reliquia del pasado que terminaría por desaparecer, y los creía incapaces de reaccionar ante su audaz golpe. Eso si llegaban a enterarse de que había sido él, claro; no los tenía por demasiado inteligentes. Probablemente, Santa no conocía el refrán de “cree el ladrón que todos son de su condición”.
Ahora estaba muy ocupado con la operación de ordenar envolver todos los regalos como si fueran suyos, la cual le estaba dando más quebraderos de cabeza de los que había pensado.
—No tenemos suficientes elfos —le comentaba el jefe del taller— Y los que hay, como están contratados por ETT, no tienen demasiada motivación. Saben que pasado mañana los va a echar. Y también se quejan del sueldo. ¿Está usted seguro de que fue buena idea el ERE salvaje que hizo el año pasado?
Santa Claus maldijo en voz alta; nadie podía oírle fuera de su lujoso despacho. Dejó sobre la mesa el vaso de whisky que estaba bebiendo y se quedó mirando a su subordinado durante unos segundos.
—Vamos a ver —empezó, con voz amenazadora— ¿A ti te parece que somos una ONG? ¿Que estamos aquí sólo para regalar cosas a los dichosos niños?
El jefe del taller tragó saliva. No se atrevió a pronunciar ni una sola palabra.
—Puede que el idiota ése de San Nicolás, o Papá Noel, como le llamen, se creyera esas tonterías —siguió Santa— Pero yo tengo un contrato millonario con la empresa Coca-Cola, inversiones por todo el mundo, y varias cuentas en bancos suizos. Y no estoy dispuesto a emplear los beneficios en mantener a un montón de elfos que no hacen nada la mayor parte del año. Los justos para el trabajo cuando hacen falta, y ya está.
—Sí, pero... —el jefe del taller se armó de valor para hablar— Mire lo que ha pasado este año. Tenía tan poco personal que no ha podido reunir los regalos, y ha tenido que... Bueno, que...
—He tenido que tomar medidas extraordinarias, y punto —terminó Santa, sin una pizca de vergüenza— Y el año que viene, ya veremos. Como se complique mucho el tema, cierro el chiringuito y abro otra empresa en cualquier sitio donde den subvenciones y sea barato.
—Pero, señor... —musitó el jefe del taller— ¿Y los elfos? ¿Y los niños? Y... ¿y yo?
Santa hizo un gesto despreocupado.
—A usted le daré la indemnización que marque la ley. Los elfos y los niños, que se busquen la vida. No soy su padre.
En ese momento, un elfo muy agitado entró corriendo en el despacho.
—¡Señor, señor! —soltó a voz en grito— ¡Se les ve en el cielo! ¡Son ellos! ¡Son ellos... que vienen!
Santa Claus se puso pálido por un momento. Había creído de verdad que saldría impune. Se levantó del asiento sin elegancia alguna y salió corriendo al exterior, hacia su trineo. Vio a Rudolph mirando al cielo de Oriente mientras mascaba tabaco y escupía al suelo. Los demás renos parecían nerviosos, pero Rudolph era su capitán, y los dominaba con mano de hierro.
Santa y Rudolph se entendían. Se miraron aviesamente, y el hombre le dijo:
—Bórralos del cielo. Desmontadlos de los camellos y pisoteadlos, y a los pajes, también. No quiero tener que preocuparme nunca más por ellos. Me haré con su cuota de mercado.
Todos los elfos del taller, que habían salido al oír los gritos de su compañero, miraron aterrados cómo el trineo se elevaba sin nadie en el pescante. Algunos renos parecían poco convencidos, pero el tiránico Rudolph los amilanó con un par de terribles dentelladas. El trineo se lanzó contra los camellos, ganando cada vez más velocidad.
Los pajes, al ver acercarse el trineo como si fuera un misil, no pudieron evitar exclamaciones de terror. Pero los Magos los tranquilizaron con palabras amables y seguras, y les pidieron que confiasen en ellos.
—No me puedo creer la desfachatez y villanía de este tipo —soltó Baltasar, indignado— Ni tampoco su estupidez. ¿Quiénes se ha creído que somos? ¿Unos duendecillos de tres al cuarto?
—Está claro que no tiene ni idea de lo que podemos hacer —afirmó Gaspar. Y después, mirando a Melchor— Creo que deberíamos ser suaves con los renos. Excepto el que va primero, el de la mirada atravesada, los demás parecen bastante nobles.
Melchor asintió.
—Baltasar —indicó— Forma un escudo protector delante de nosotros con tu magia.
Su compañero rió e hizo un grácil gesto con la mano derecha, formando una pantalla invisible. Los tres dieron orden a sus camellos de detenerse, y se quedaron esperando en el aire con tranquilidad la arremetida del trineo.
Rudolph esbozó una sonrisita sardónica. Se pensaba que los tipos raros ésos de Oriente estaban tan anonadados que no sabían qué hacer. Dio orden a los demás renos de que giraran en el aire en el momento que él indicase, para que el trineo golpeara con la máxima fuerza posible a los maguillos aquellos.
Cuando llegó el momento, Rudolph gritó. Los renos giraron, y el trineo se estrelló contra algo que no podían ver, haciéndose añicos y lanzando a los animales contra el suelo por el impulso. Baltasar dijo, riéndose:
—Herodes tampoco se imaginaba nuestra protección.
Los renos, aturdidos, vieron a los Magos descender a tierra con sus camellos y pajes, y luego bajar de sus monturas y acercarse a ellos. Santa Claus le gritó histéricamente a Rudolph:
—¡Mátalos! ¡Acaba con ellos!
El reno capitán del trineo se levantó, los miró con odio y se lanzó contra el primer Mago, inclinando los cuernos para ensartarlo. Melchor se detuvo con serenidad, esperó dignamente y luego levantó la mano.
—Vas a probar la luz de la estrella de Belén, que siempre está con nosotros —dijo.
Un fulgor cegador, que iluminó el polo como si fuese mediodía, surgió delante de Rudolph. Tropezó y cayó, con los ojos doloridos y totalmente deslumbrado.
Melchor bajó la mano, y la luz desapareció. Gaspar se acercó para ocuparse de los otros renos, a los que curó en un momento con su magia de los golpes de la caída.
Los tres Magos se reunieron y caminaron hacia Santa Claus, con un porte majestuoso. Él miró al jefe del taller y a los elfos, asustado, pero no vio en ellos ningún gesto de apoyo. Miraban a los Magos, expectantes. Santa cayó de rodillas ante ellos, y tartamudeó:
—Lo... lo siento, lo siento... To... Todo ha sido una equivocación... Yo... Yo no quería, pero... los accionistas... Ellos... los beneficios... Yo...
Se quedó callado, finalmente. Melchor miró a sus compañeros, y ellos asintieron.
—Vas a devolver inmediatamente todos los regalos a nuestro almacén —le dijo a Santa— Luego, vas a utilizar tu dinero para contratar todos los elfos que hagan falta, y así reunir tus propios juguetes y presentes en un solo día, a punto para el 25. Y les harás un contrato digno.
—Después —intervino Gaspar— firmarás tu dimisión, y harás un documento de cesión en favor de San Nicolás, dejándole tu taller y todas las instalaciones, así como el derecho de repartir regalos el 25 de diciembre de cada año.
—Y por último —concluyó Baltasar— te vas a ir a un sitio muy lejano, donde ni nosotros, ni San Nicolás, ni ningún niño te vuelva a ver jamás, y te vas a llevar al tal Rudolph contigo. Ya le puedes ir diciendo a la Coca Cola que se busque otra forma de hacer publicidad.
Santa Claus se fue cabizbajo hacia su despacho, escoltado por los pajes, para empezar a cumplir las órdenes, mientras los elfos, el jefe del taller y los demás renos vitoreaban a los Magos.
—Menuda sorpresa se va a llevar San Nicolás —sonrió Melchor.
—Sí, le va a encantar recuperar el papel que le robó este tipo —asintió Gaspar— Le gustaba mucho que le llamaran Papá Noel.
—Lo importante es que la Navidad se libre del aire tan comercial que tenía últimamente —dijo Baltasar.
Los Magos se quedaron mirando al horizonte, en silencio. Faltaba poco para que apareciera la estrella.
—¿Tú crees que algún día la gente dejará de querer que nosotros les llevemos regalos, Melchor? —preguntó Gaspar, mirando a su compañero.
Baltasar les miró. También él tenía miedo de eso. Melchor no respondió nada durante unos instantes, y luego respondió, sereno, sin apartar la mirada del horizonte:
—Quién sabe.
Y a continuación, miró a sus compañeros, dibujó una leve sonrisa en su cara y dijo:
—Pero, amigos... todavía nos queda mucho tiempo.
JOSÉ CARLOS CASTELLANOS RABADÁN. PRIMER PREMIO COMPARTIDO.
Huelga
La situación se había vuelto insostenible. A la abusiva jornada de trabajo habitual había que sumarle la reducción de salarios, la supresión de los tiempos de descanso, las amenazas de despido por cogerse una baja por enfermedad y el incremento del número de países a los que dar servicio con el mismo personal. Los riesgos laborales seguían siendo ignorados, el jefe seguía obcecado en su negativa a contratar personal nuevo e incluso se oponía a sentarse a negociar. La imagen amable que se esforzaba en mostrar a los medios distaba mucho de su carácter real. Se había vuelto un ser obstinado, insensible, ultraconservador y muy hipócrita. De frente todo eran sonrisas, pero en cuanto te dabas la vuelta la puñalada podía llegar en el momento menos pensado.
Mantuvimos una reunión con la otra gran empresa del sector pero no sirvió de mucho. Ellos tienen mucha menor repercusión internacional que nosotros y su convenio no era mucho mejor que el nuestro. Tendríamos que llevar la iniciativa. En las reuniones previas con el personal el ambiente fue muy tenso. Hubo algún conato de disidencia por el peso de la tradición. Algunos destacados miembros del comité, pese a estar en contra de la postura inquisitorial adoptada por el jefe, planteaban llevar a cabo acciones alternativas antes de tener que recurrir a lo que la mayoría contemplábamos como la única acción que podía hacer inclinarse la balanza de nuestro lado: la huelga. Y estaba claro qué día debíamos ir a la huelga, no podía ser otro, debíamos detener el servicio en el momento clave del año, aquél momento en el que más notoriedad pública pudiese alcanzar nuestra protesta.
Los compañeros reticentes a la huelga apostaban por dar la batalla en el campo de lo que los modernos venían llamando “comunicación social”. Cierto es que no se sabía apenas nada de las condiciones en que desarrollamos nuestro trabajo y por eso se mostraban convencidos de que una buena campaña informativa que atacase diversos frentes (televisión, prensa y redes sociales en internet principalmente) sería mucho más efectiva para nuestros intereses a medio plazo y, además, eliminaba los riesgos que para nuestra imagen pública podría acarrear dejar sin nuestro esencial servicio a una cantidad tan grande de gente en un día tan señalado.
Los días previos a la convocatoria oficial de la huelga fueron los más difíciles. En realidad, ninguno queríamos llegar a ese extremo pero en nuestro fuero interno sabíamos que no había otra solución. El jefe seguía en sus trece, confiado de que no seríamos capaces de parar. No ese día, al menos. La última asamblea se desarrolló en un ambiente muy triste. No queríamos hacer lo que íbamos a hacer pero teníamos que hacerlo, sabíamos que no había otra salida. La propuesta fue apoyada por 9 votos a favor y ninguno en contra. La totalidad de la plantilla iba a ir a la huelga la noche del 24 de diciembre.
Nuestra mayor decepción vino con la escasa repercusión que tuvo nuestra convocatoria. Nadie se la tomó muy en serio. Apenas alguna columna perdida en las últimas páginas de los periódicos o un par de minutos en los informativos. Y así país a país. Nadie dio crédito a nuestra huelga. Nadie creyó que la mañana del 25 de diciembre ningún regalo estaría en su sitio por la huelga general convocada por los renos de Papá Noel. Por el contrario, los camellos de los Reyes Magos nos mostraron su apoyo desde el primer momento y, aunque conscientes de que la presión internacional que ellos podían ejercer era limitada, se sumaron desde el primer momento a nuestras reivindicaciones. Nuestra lucha era su lucha. Ellos también tenían una sola noche de plazo para la entrega de los regalos y aunque su trabajo se limitaba a muchos menos países que el nuestro, sus problemas eran los mismos: la plantilla se había mantenido estable desde el origen de los tiempos. Tres empleados eran y tres seguían siendo. En nuestro caso, la tarea se inició con ocho compañeros y no fue hasta unas décadas después que se incorporó Rodolfo a nuestra plantilla. La suya había sido la única incorporación durante el último siglo, siglo en el cual nuestro trabajo se había universalizado gracias a los acuerdos del jefe con la multinacional Coca-Cola. Pero el jefe seguía obstinado en no contratar a más compañeros ni abrir franquicias si no nacionales, al menos sí continentales. Se aferraba a la tradición, como si su traje hubiera sido siempre rojo y blanco. Y esgrimía también no sé qué del espíritu navideño. ¿Hay algo más solidario que conceder un alivio a sus más fieles colaboradores durante décadas y décadas?
Sabíamos que lo de repartir la tarea a lo largo de tres noches en lugar de hacerlo todo en una sola era muy complicado de lograr. Pero no nos parecía tan descabellado constituir diferentes cuadrillas como la nuestra, de nueve renos cada una, capitaneadas por los elfos con más responsabilidad en la gestión del empaquetado y adjudicación de regalos, en lugar de encargarnos nosotros solos del planeta entero en apenas 24 horas (desde que comienza a oscurecer en un extremo hasta los primeros albores del nuevo día en el confín opuesto). Teníamos derecho a descansar entre país y país, a visitar al servicio médico si notábamos síntomas de fatiga e incluso a no salir de la central si no nos encontrábamos con las fuerzas suficientes como para poder cumplir con nuestro deber. Y para todo ello era imprescindible la contratación de personal nuevo.
Así las cosas, llegó la tarde del día 24. Papá Noel siempre confió en que, en el último momento, entraríamos en razón, y por eso no varió un ápice su postura. Hasta que comenzó a anochecer. El trineo mágico estaba ya cargado con los regalos para los primeros países en ver el ocaso del día 24 de diciembre pero nosotros no habíamos salido de nuestros aposentos. El hangar principal estaba a rebosar de actividad, cientos de elfos daban los últimos retoques a los paquetes y supervisaban en un continuo ir y venir el listado de todas y cada una de las direcciones que deberíamos visitar en cada país. El complicado engranaje echaba a rodar, como cada año, pero la pieza fundamental del espíritu navideño no estaba en su lugar.
Rodolfo tenía su nariz más roja de lo que jamás recuerdo haberla visto. No paraba de llorar. Se imaginaba la decepción de millones de niños y adultos cuando descubrieran vacías sus medias, sus calcetines, sus botas y zapatos, cuando comprobaran que no había regalo alguno en sus chimeneas, en sus ventanas, en sus salones, bajo sus árboles de navidad. Papá Noel entró en nuestro establo encendido en cólera. Intentó intimidarnos con su voz grave y sus aspavientos pero su pose duró poco. Enseguida se derrumbó junto a Rodolfo y echó a llorar. Se lamentaba por la deriva consumista que habían tomado las navidades en los últimos años, de que cada año los niños descubrieran el misterio de su magia a edades más tempranas, de que la ilusión se estuviera dejando vencer, poco a poco, por el egoísmo. Esa había sido su única razón para haberse negado en rotundo a concedernos nuestras peticiones. Pensaba que hacer público que los renos habían dejado de ser los nueve de siempre sería un paso más en la destrucción del espíritu navideño.
Su llamada fue decisiva para llevar el conflicto a buen puerto. El Rey Baltasar convenció a Papá Noel de que, para la imaginación de la mayoría de los niños, su trineo seguiría estando tirado por nueve renos capitaneados por el joven Rodolfo. Pero ningún niño esperaba despierto para ver quiénes eran los renos que visitaban su hogar. Por tanto, no había nada que temer, podía aumentar la plantilla cuanto quisiera para así poder mejorar el servicio prestado, probablemente uno de los servicios más importantes del año. Melchor y Baltasar siempre habían sido de la misma opinión que Papá Noel pero ahora, gracias a la convocatoria de huelga de los renos, Baltasar había conseguido hacerles entrar en razón. Los tres estaban de acuerdo en abandonar el desierto antes de tiempo y, de forma excepcional, ayudar a Papá Noel en el reparto de regalos de la noche del 24 para poder recuperar las horas perdidas. Y así fue cómo aquél 25 de diciembre amaneció con las casas repletas de regalos, como si nada hubiera ocurrido.
Hoy en día existen tantas delegaciones como países en el mundo, cada una con su trineo mágico, su servicio médico, su Manager Elfo y sus nueve renos. Nosotros, los de toda la vida, ni siquiera salimos de reparto ya. Nos tenemos más que merecida nuestra jubilación. Aunque se trata de una jubilación a medias pues seguimos recibiendo aquí, en Rovaniemi, a miles de turistas que cada año se acercan a conocer nuestras instalaciones de primera mano.
¿Quién dijo que las huelgas ya no servían para nada?
CÉSAR BARRANTES SERRADILLA. PRIMER PREMIO COMPARTIDO.
2 comentarios:
Enhorabuena a los ganadores. El año que viene seremos muchos más.
Un besazo Lolo, o Manué, y otro para tu princesita, a ver si las niñas se conocen esta primavera.
Me encanta verte por aquí, y sí, el año que viene seguro que escribimos todos un cuento jaja
Publicar un comentario en la entrada