De pie en el andén de Aluche imaginé mi encuentro con Verónica: dos lunáticas pisando el Sol.
Ocho minutos después el metro paró en Marqués de Vadillo, subieron eufóricos cinco muchachos que no tenían más de 16 años. Dos de ellos se sentaron a mi lado.
¡Estoy flipado, el ambiente ayer era una pasada! Decía el más flaco, que enseñaba una foto de la puerta del Sol en su móvil.
Los asientos de enfrente estaban ocupados por los otros tres con la risa foja:
¡Fabián, tío, mi suegra está tan buena como mi novia! Se reían cómplices.
Les miré envidiosa, no sabía si quería volver a tener la edad de la hija o estar tan buena como la madre.
En Callao subieron unos pijos italianos que contrastaban con los adolescentes que bajaban del vagón. Me uní a los jóvenes y subimos juntos las escaleras, en la calle Preciados se perdieron entre la gente.
Segundos después Verónica y yo ya estábamos abrazadas, caminamos pocos metros hasta unirnos al ambiente festivo de la Puerta del Sol.
Encontramos de repente las famosas carpas, carteles reivindicativos, frases inventadas que pronto serán célebres, palabras copiadas de otra revolución, turistas, mendigos, sin papeles, vendedores de agua que no hicieron negocio: había un puesto donde la regalaban, también refrescos, bocadillos y el postre: Verónica llevó una bolsa de melocotones.
Pintamos soles por si amanecía nublado en un cartel y perdidas entre la dulce indignación bailamos con los músicos.
Escuchamos la asamblea, aplaudimos y sonaron las doce campanadas, todos lanzamos globos al ritmo del son cubano que nos recordó otra vieja estación. Allí estábamos cientos de personas sentadas en silencio para agotar los segundos del 22 de mayo.
Ya en pie rompimos el mutismo:
¡El pueblo unido jamás será vencido, gritaban, gritábamos, mientras nos robaban la voz en las urnas.
Besé a Verónica antes de regresar a casa mirándola sin decírselo, porque ella lo sabe ahora igual que entonces: siempre vuelve a ser primavera.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada