sábado 21 de enero de 2012

CAMPANAS

A las diez las campanas de la Iglesia no sonaron. Verónica estaba sentada en la plaza mirando las cigüeñas que anidaban en la torre. Hacía cuarenta años que las observaba todos los domingos desde aquel banco pero nunca había escuchado tanto silencio.
Le gustaba esperar a su hermana para ir juntas a misa, adelantándose unos minutos para reprocharle después que siempre le hacía esperar; cuando llegaba Silvia, bromeaban sobre lo tranquila que era una, lo nerviosa la otra y hablaban de sus hijos y del poco tiempo que les quedaba para la vida. Verónica miró el campanario esperando una señal, pero las campanas no se movían, el viento deslizó una hoja que se enredó en su pelo suelto, crujió en las manos y cayó rota al suelo, despacio, acompañando a tantas hojas que envolvían los zapatos de Verónica.
El semáforo de la esquina estaba verde, se giró para ver si cruzaba Silvia, solo vio a dos niñas que corrían divertidas de la mano antes de que el semáforo se pusiera rojo. Las miró, volvió la vista al semáforo, seguía rojo, buscó el teléfono en su bolso, no había llamadas, otra vez miró el semáforo, rojo, se acumulaban los transeúntes en la acera. Sus ojos volaron al campanario mudo, corrieron de nuevo al semáforo, continuaba rojo, por fin se puso verde, dos señoras, un anciano y Silvia, por fin, Silvia, seria, contrariada. Las campanas repicaron con violencia, sonaban tan fuerte que Verónica no entendía lo que su hermana le contaba entre sollozos. Alguien había muerto, el cura o el padre del cura, daba igual, Silvia estaba allí, y caminaron juntas hacia la iglesia con paso fúnebre acompañadas del resto de los feligreses.
Verónica cogió a Silvia de la mano.